a expolitoxicómanos convictos
La Misión BS, E. Morricone       
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martes, 20 de enero de 2009

Filtrado de la ponencia del doctor Guerra López

Ponencia del doctor Guerra López, en el encuentro del cardenal Bertone con el mundo de la cultura en Querétaro que puedes leer completa en Zenit.

Precisamente son las nuevas generaciones de jóvenes las que hoy nos ofrecen en medio de este escenario una perspectiva bien distinta. La crisis de la modernidad ilustrada la vivimos en carne propia los que nacimos antes de 1968. Sin embargo, todos aquellos que nacen después de este año, lentamente comienzan a advertir, aunque no lo digan con términos sofisticados, que tanto la privatización intimista de la fe como la afirmación de la fe de una manera intolerante, no son verdaderos rostros de un Misterio que salve.
Al fin oigo algo de alguien que es alguien a lo cual también se puede arrimar el post inicial de este blog.
Es cierto que muchos jóvenes hoy se alejan del cristianismo. Sin embargo, ese alejamiento no hay que interpretarlo como si fuera igual al que tenía un típico ateo de finales de los años sesenta. Si un joven hoy se siente ajeno a la fe principalmente se debe a que nadie se la anuncia de una manera creíble. No es que en la estructura del corazón humano se haya dado una radical mutación antropológica. El corazón humano posee una tensión constitutiva, un anhelo de plenitud que no se puede saciar con ideas, con conceptos y ni siquiera con valores - por sanos que estos sean -. Lo único que responde a la condición profunda de un joven es el encuentro con un gran amor, con un gran afecto que defina radicalmente la vida y que la reconduzca hacia un horizonte de libertad y no hacia una prisión. Esto no lo puede hacer una abstracción. Esto no lo puede realizar una proyección de nuestra subjetividad alterada. Sólo lo puede hacer una Persona, un acontecimiento, un rostro concreto que me interpele y que me acoja de manera irrestricta, incondicional, absoluta.
En efecto, el nuevo momento epocal en el que nos encontramos inmersos demanda la recuperación del carácter personalista de la experiencia cristiana y de la experiencia humana fundamental, que es verdadera experiencia racional y anhelo de una plenitud que el hombre no se puede dar a sí mismo.
Una cultura cristiana, de este modo, no nace por decreto. De nada sirve proclamar un millón de veces que la razón necesita de la fe y que la fe exige razón si no hay personas concretas, historias concretas, que repropongan en una síntesis existencial personal y comunitaria una nueva alianza entre la vida y el Misterio que la explica. Una cultura cristiana nace de un movimiento, es decir, nace de una realidad viva que acompaña y que educa, de una comunidad de discipulado sostenida por la amistad y por el rigor al momento de pensar, al momento de dudar, de hacer preguntas y de encontrar respuestas.

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