a expolitoxicómanos convictos
La Misión BS, E. Morricone       
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domingo, 14 de septiembre de 2014

Ser Cristo (1/2): para empezar a ser Cristo

 

Los cristianos somos seguidores de Cristo? O somos imitadores suyo? Mi respuesta sería que nada de las dos cosas. Quien quiera ser seguidor que lo siga y quien quiera ser imitador que lo imite. Pero hay gente que ni puede ser seguidor y ni imitador y no es por falta de intentos. Afortunadamente hay gente que no es platónica.

Ser contemplativo no es algo accidental y estar recordándonoslo de vez en cuando. Ser contemplativo es algo constitutivo del contemplativo, valga la redundancia. Clama sin cesar. No es cosa de conectar y desconectar. No es cosa de ser platónico o aristotélico, hegeliano o derridasiano. Tampoco es algo que sea cansino.

Todo lo contrario: ser contemplativo es un descanso. Un contemplativo siempre verá a los demás más azarosos, ansiosos, enervados, alterados, belicosos,... más que él mismo.
"Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso.
Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; 'y hallaréis descanso para vuestras almas.'
Porque mi yugo es suave y mi carga ligera." (Mt 11, 28-30)
Tomar el yugo de Jesús es un descanso porque es suave. Y además su carga es ligera.

La vida en el falso, y más quien pretende ser cristiano, hace de la vida una carga pesada y puede que muy dura. La carga nos puede superar, por eso he destacado "sobrecargados" de las palabras de Jesús. Como dice el chiste: bebo para ahogar las penas, pero las penas saben nadar.

Y si la inconsciencia pesara... Y la verdad es que pesa. Sin consciencia somos como esa mosca que busca la luz pero se topa con el cristal de la ventana, refunfuña y refunfuña. A la larga, la inconsciencia es algo estéril y agotador (doblemente agotador).

Recurrir a Cristo porque pensamos en nuestro ideal bello y sublime, porque nos autoconsolamos, desconectamos un rato, y "contemplamos" qué bonito sería si viniera el Reino de Dios y qué armoniosa es la Sagrada Familia y cuánto se servían entre ellos teniendo a Dios en los brazos acunándolo,... es, cuanto menos, repelente. Cristo revela el hombre al hombre. Al ir a Cristo se expande la consciencia y, además, tener su cercanía (no una imaginación), ser consolado, ser su discípulo (ser enseñado) y, en su momento, ser sanado.

Para ser contemplativos hay un inicio: empezar a ser consciente de la actividad del falso yo, desapegándonos de él y observarlo/contemplarlo; y escuchar el dolor que es la voz del corazón dañado y de la ausencia del espíritu de Vida. El dolor no es solo algo físico. También es algo somático, síquico, espiritual y relacional (y con las relaciones, el dolor de los demás). Al decir Corazón se trasciende estos cuatro niveles llegando a la unidad del ser individual con sus relaciones con los demás y con la Realidad. La actividad del Corazón es nuestra esencia. Somos Amor a como análogamente Dios es Amor, o viceversa. Es nuestra Naturaleza.

Hay que recordar que las relaciones no es algo conceptual. Es constituyente de nuestra alma, de nuestro principio vital. Es una extensión del nuestro Corazón, es tan Corazón como el centro del Corazón y son bidireccionales. Y las relaciones pueden estar dañadas o pendientes de desarrollo. Puede fallar por nuestra parte o por parte del otro. Por la relación también oímos el dolor del otro.

El contemplativo ni está encerrado en sí mismo, ni se tiene que proponer ir al mundo y predicar el Evangelio, valga la expresión. El contemplativo puede llegar a oír todos los dolores, está abierto a toda la Creación que gime con dolores de parto hasta que se manifiesten los hijos de Dios.
Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios.
La creación, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.
Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto.
Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo. (Rm 8, 19-23)
Que grande fue Pablo!

Y por el contemplativo, al igual que su Corazón y su espíritu sana, también se sana el de los demás.

De estas dos actividades del inicio se diría que es necesario hacerlas en soledad cesando momentáneamente la actividad diaria.

Después hay que ponerse en camino por esa travesía del desierto. Para ello la actividad fundamental es ponerse a disposición, ofrecerse, facilitar la actuación de la Naturaleza y de Dios en nosotros. Ponerse en sus manos, su Providencia, su Voluntad. Se tiene que partir de esa decisión y acto voluntario libre.

Qué supone ponerse en sus manos y ser ofrenda? Es un acto de confianza, de Fe (aunque no sea de Fe que la Naturaleza tenga capacidad de regenerarse, porque la observación científica lo certifica). Es un acto de confianza y así se lo debemos decir: "confío en Ti". Qué es la oración si no? Es un acto de Amor y así se lo debemos decir. Si no amáramos a la Naturaleza y a Dios no estaríamos dispuestos a recorrer el Camino. Si no se corresponde a su Amor, no nos dejamos querer. Es un acto de Esperanza y así se lo decimos. Es una ilusión de deseos y así se lo decimos. Es una alegría el que sea esto el principio del fin; es una alegría estar en el "Verdadero Camino de la Vida".

Sobretodo, ofrecerse es dejarse querer: ser amado precisamente por la Naturaleza y por Dios. Somos amados porque somos sus criaturas, sus hijos y vamos a ser rescatados, salvados, sanados y restaurados. Y con nosotros los demás, también en la medida de su sencillez. Y así lo debemos saber, sentir y pedir.


Por ser amados debemos pedir más Fe, más garantías, más Esperanza, más capacidad de Amar y saber mejor Amar. Reclamar o apelar a su Misericordia para nuestra justificación, para que se nos haga Justicia. Esto, en lenguaje bíblico, es como que se restaure el Corazón de sus daños, la santificación. Llegar a ser justos es como alcanzar nuestro objetivo, llegar a ser el mismo Cristo, aunque al ponerse en Camino ya es como "haber llegado a la meta", ya es estar con él, en Él y por Él. Ya es estar siendo como Él fue en este mundo y como es.

Dios nos amó primero: sabemos que podemos confiar y devolver Amor por Amor. Al ser amados y en la medida de nuestra respuesta, recibimos su Vida, su Espíritu. El Espíritu Santo nos va a vivificar y animar los pasos, nos va a consolar y a defender. Estar vivo es condición sine qua non para que todo salga adelante. Así pues, tener nuestro espíritu vivo es condición para caminar y para experimentar vivencialmente el transcurso del Camino. Lo que nos va a dar sabiduría, cada vez más fortaleza (más seguridad ante las tretas del falso yo y de los otros falsos yo) y el resto de sus dones. Que como dones también hay que desear y pedir.

"Jesús le respondió: "En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios."
Dícele Nicodemo: "¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?"
Respondió Jesús: "En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios.
Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu." (Jn 3, 3-6)
Nuestra relación con Dios es paterno-filial. Ante Él somos niños como decía Jesucristo, desnudos, naciendo y nacidos de Espíritu. Y heredando ya la Herencia: su Vida, su Espíritu. Habiéndola rechazado o dilapidado (en la vida del falso yo), ahora nos vuelve a tomar como hijos de pleno derecho. Y lo hará siempre que haga falta. Su fidelidad dura por siempre.

Ser querido por Dios y ser niño, honesto, noble y sin doblez, ante Dios es ser manso y humilde de corazón.

Dejándose querer, ser ofrenda: ahí empieza la aventura. Ser ofrenda es como un bautismo.
 

jueves, 11 de septiembre de 2014

El Don del Espíritu y la Oración

 

Antes de emprender el Camino al verdadero yo, nos vemos como una unidad, amalgama del falso yo y del Corazón sometido. Al distanciarnos del falso yo, vamos discerniendo cada vez mejor al yo falso del Corazón. El yo consciente toma vida y se encamina hacia su verdadero fin, feliz y sanándose atendiendo al dolor y a través de ese terreno desértico que es nuestro subconsciente.

El Corazón (con las relaciones) se libera y empieza a sanar, la consciencia se expande, empezamos a saber eso del amor y nacemos al espíritu. El Corazón deja de estar condicionado y oprimido por esquemas, razonadas sinrazones, ideologías y vanidades que necesita el falso yo para tapar su miseria, su vergüenza, su vacuidad y su fatuidad. Y si la culpa nos paraliza, tendremos que alcanzar el perdón con lo cual hay que perdonar a los demás.

Para esto hay que ser como infante, claro, honesto, sincero y sin doblez (desnudo) para con uno mismo y para con Dios y la Naturaleza (sus manos); seguir la senda del dolor porque es la voz de aquello a sanar; y ser ofrenda que es como ponerse en sus manos, saberse querido, dejarse querer y dejarse sanar.

Abandonando al yo falso y liberándose de culpas, volvemos a la Vida. Empezar y seguir el Camino es signo de Vida. Conociendo la Vida y distinguiendo al falso yo, somos conscientes de la muerte y de lo que supondría dar algún paso atrás. Habiendo experimentado la muerte, el vivir es un Don. Todo se convierte en un Don: la Vida, el Camino, el dolor como lenguaje de la Naturaleza y del Corazón, poder amar, cada pequeña sanación,... el amanecer, la noche, los animales, la montaña, el mar,... la familia, cada amigo y compañero,... la inteligencia, las destrezas, la profesión, los hobbies,...


Esa Vida es por nacer al espíritu, la da el Espíritu vivificador. Al ser uno mismo ofrenda a Dios y a la Naturaleza, siendo nuestro acto de amor total e incondicional a Dios, al ser consciente de ser querido, nos invade el Espíritu vivificador. Si Cristo es nuestro fin (el corazón, el verdadero yo), al tener ya su Espíritu se convierte ya en prenda de Salvación, de unión plena y constante con el verdadero yo con la Naturaleza restaurada. Antes de la unión, la Boda, Cristo ya se nos hace Vida, Camino y Verdad en virtud de su Espíritu.

La oración es diálogo. Puestos en Camino, con el Don de la Vida, se da el diálogo con el Espíritu, con el Camino mismo, con nuestra Naturaleza que tiene esa capacidad de regenerarse, con la Vida, con Cristo, con Dios Padre. Todo se hace Presencia en nuestro interior.

Escuchar y comprender el dolor es escuchar a Dios, al Corazón (donde habita). Y amar, invocar, alabar, dar gracias, pedir misericordia (que es como animar el paso por el Camino), admirar, para renovar nuestro compromiso y nuestra responsabilidad,... Todo es ocasión del diálogo, de oración, en ese acontecimiento de la Presencia del Espíritu, del Padre y del Hijo, del Corazón herido,...

Todo esto que vivimos en esos momentos de soledad contemplativa, lo iremos trasladando al resto de nuestra vida. Nuestra vida se llenará de Vida.

Podemos hacer esta pequeña oración a lo largo de la jornada: "Jesucristo, ten piedad de mí". Es como actualizar en nuestra consciencia el saberse amado y estar dispuesto a ser sanado. Es una lumbre para mejorar nuestro carácter y la relación con los demás, contemplarlos amorosamente como nos contemplamos a nosotros y quererlos como nos queremos.

Experimentar la Misericordia de Dios es llenarse de Vida. Si somos misericordiosos iremos dando vida a los demás. Pero esto sería otro tema.
 

martes, 26 de agosto de 2014

El Temor de Dios

 

Hay conceptos clásicos de la espiritualidad que nos suenan raros en nuestros días. O son de difícil traducción para el ciudadano de hoy o para nihilistas.

El Temor de Dios es un don del Espíritu Santo. Se da con la experiencia de pérdida y de dar pasos atrás al dejarse seducir por el yo falso. Al dar un paso en falso, es grande la desazón al ver lo perdido por una nadería: el precio de un desliz es alto y así lo comprobamos.

Eso, lejos de desesperar, nos sirve de acicate en nuestra fidelidad al Camino y en la docilidad en las inspiraciones del Espíritu Santo. Nuestro temor será a separarnos de Dios y no por temerlo a Él. Dios Padre no se harta de nadie y siempre está presto a ser misericordioso, como la misma Naturaleza. Evitaremos peligros innecesarios.

Junto con el Temor, también creceremos en Fortaleza (otro don del Espíritu que nos embarga). Esto no consiste en que seremos superhombres ni que nuestra voluntad será férrea. La Fortaleza tiene dos caras: la calidad de nuestra relación-amor con el Camino, el Espíritu, la Naturaleza y la Unión; y la lucidez con la que reconocemos la voz del yo falso y lo ninguneamos espontáneamente. Avanzaremos con seguridad y firmeza.

Junto con estos dos dones, el Espíritu Santo da otros cinco: la sabiduría, la inteligencia, el consejo, la ciencia y la piedad. Para saber más de cada uno... investigar. Todos están relacionados, es decir, el Espíritu da su gracia septiforme: da los siete a la vez en la medida que los requerimos o estemos en disposiciones de recibirlos.
 

domingo, 3 de agosto de 2014

Oración al Espíritu Santo

Inspirada por el himno en Latín “Veni Sancte Spiritus”, por Thomas Keating, monje cisterciense.


Ven, Espíritu Santo, derrama desde las profundidades de la Trinidad un rayo de tu Luz, esa Luz que ilumina nuestras mentes y, al mismo tiempo, fortalece nuestra voluntad para que sigamos esa Luz.

Ven, Padre de los pobres, de los pobres de espíritu, a quienes te deleitas en llenar con la plenitud de Dios.

Eres más que un dispensador de dones, has donado tu propio ser, el Don Supremo – el Don del Padre y del Hijo.

¡Eres el mejor consolador! ¡Qué huésped más encantador eres! Tu conversación, aunque en completo silencio, es en si misma toda dulzura. ¡Qué refrescantes son tus consuelos! Como una caricia, calman en un instante, disipan toda duda y tristeza.

En la ardua labor de combatir las tentaciones, allí estás Tú prometiéndonos la victoria. Tu presencia es nuestra victoria. Nuestros tímidos corazones son inducidos por tu inmensa suavidad a confiar en Ti.

En la más grande de todas nuestras labores, la lucha por la entrega total de nuestro ser, Tú eres nuestro reposo, nuestra paz, en la profundidad de nuestras almas.

En lo más caldeado de la batalla. Tu aliento nos refresca y calma nuestras pasiones rebeldes, aquietando nuestros temores cuando nos sentimos derrotados. Tú enjugas lágrimas cuando caemos. Eres Tú el que concede la gracia de la compunción y la esperanza sin reservas en el perdón.

¡Oh delirio de Luz bienaventurada! Llena lo más recóndito de los corazones de Tus hijos que Te son fieles.

Sin Ti, no existe en nosotros vida divina, o virtud alguna. Si nos privas de tu aliento, nuestro espíritu perecerá; no podrá volver a tener vida hasta que tus labios se posen sobre nues- tras bocas y soplen en ellas el soplo de vida.

Tu mano se posa sobre nosotros como rocío, sin embargo actúas con mano fuerte. Tan sua- ve como la más suave de las brisas, también Te encuentras en el remolino.
Como llamarada de una inmensa hoguera, consumes todas nuestras facultades –pero sólo para derretir la dureza de nuestros corazones.

Nos arrojas delante de Ti como hojas secas bajo el fuerte viento del invierno, pero sólo para que nuestros pies encuentren el sendero angosto.

Ahora derrama sobre nosotros torrentes de agua, como si fuese un viento de mucha fuerza, para que sean lavados nuestros pecados. Empapa con tu gracia nuestros corazones diseca- dos. Alivia las heridas que has cauterizado.

Otorga Tus siete sagrados dones a todos los que confían en Ti con esa confianza que sólo Tú puedes dar.

¡Concédenos la recompensa de la virtud, es decir, Tu propio Ser! ¡Concédenos perseverar hasta el fin! ¡Y luego, gozo eterno!
Amén.

La aventura interior y su Guía


El Espíritu Santo (es una persona como otra, especial pero persona) nos llevará y nos enseñará a contemplar, a hacer el silencio, a la escucha, a abrir nuestros sentidos del alma (silenciando por un momento los sentidos corporales): la escucha, como decía, el olfato, a mirar, a tocar, a gustar y degustar, a saborear,....

- para los nihilistas (ateos y demás):
Cuando hablo de Espíritu Santo, de Dios o de Cristo, consideren que todo lo que necesitan lo llevan dentro. Buscar fuera, anhelar cualidades ajenas,... enajena y toma nmbres como codicia, vanidad, egocentrismo, bucles mentales repetitivos,...
Dentro de nosotros, con ese silencio interior y esa contemplación, encontramos a nuestro verdadero yo.
Por ejemplo, cuando la cosas van bien y hay calma en nuestro ambiente, contemplar es disfrutar, es también conocerse y seguir conectado con nuestro ser interior.
Cuando hay problemas, solo desde esa calma interior encontramos el camino. Darle vueltas a la cabeza para dar con la solución es estéril y desgasta mental y sicológicamente.
El camino no se busca ni se contruye. el camino se encuentra, "nos llama". No se suele ver, vamos confiados con el Guía (caminante no hay camino).

La conexión con el yo interior, con nuestro corazón, no es permanente ni estable. Es el estado de santidad, de estar bendecido, como decimos los creyentes. Es como el amor, que hay que alimentarlo.

El volver a conectarse, a religarse (de ahí viene la religiosidad) es realmente la actitud que debe actualizarse a cada momento necesario: volver a empezar, recomenzar una y otra vez.
No es cuestión de no descuidarse, es cuestión de volver a intentarlo. no es cuestión de no caer, es cuestión de levantarse siempre.

cada vez que nos queremos religar es como la primera vez. generalmente no sirven modos aprendidos, ni esquemas conceptuales, ni otras experiencias pasadas convertidas en clichés.

Siempre se hace camino al andar. Siempre todo es nuevo, no hay rutinas ni monotonías. Para ir a donde no sabes, hay que ir por donde no sabes (decía un místico que creo que era san juan de la cruz). Como decía Machado, caminante no hay camino, se hace camino al andar; y cuando volvemos la vista atrás vemos las estelas que no volveremos pisar.
No es que no haya camino. Es que no está hecho, es que no lo vemos y vamos caminando confiados en el Guís.

La subida al monte Carmelo es también imagen de esta aventura interior (ampliar imagen).