
El debate entre ateos y creyentes es eterno. Nadie por debatir ha cambiado de opción.
Ambos usan conceptos que, aunque se representen en la escritura con el mismo símbolo, cada cual está a distinto nivel.
Por ejemplo, me parece que la consciencia persiste aunque se esté anestesiado, dormido o en coma; y distinta es la consciencia de estar despierto y en plenas facultades mentales. Es curioso ver como un ateo se enreda por esta cuestión.
Sobre Dios se pueden decir muchas cosas y, entre otras, se puede hablar de cuál no es su modus operandi.
Cuando un creyente, yo mismo, lee a un ateo en un debate, con argumentos, contra argumentos y refutaciones, tiene la impresión que no han entendido la idea de Dios del creyente y que mezclan cosas que tienen poca relación. Y a mi modo de ver, que no sé si es compartido, los ateos acaban siendo un tanto repetitivos y cansinos. Ya que son ellos quienes interpelan en primer lugar el discurso de un creyente (muy comprensible pues debido a la falta de comprensión "se llevan las manos a la cabeza", como se dice). Eso no es óbice para que el creyente, como cualquier persona, yerre y diga incongruencias. Entonces nos llevamos las manos a la cabeza todos.
No voy a ordenar ideas. Permíteme decir, eso sí, algo de Dios.
De Dios se dice que está en todas partes. Los creyentes lo afirmamos y lo tenemos como verdad. Pero Dios es trascendente y también se podría decir que Dios no está en ningún lugar. De hecho su mano no se ve. Me explico: ningún milagro es algo contundente e irrefutable que fuerce la conversión a la creencia; es más, los creyentes afirmamos que los milagros no son motivos de Fe (ni siquiera la Sábana Santa que todavía no se sabe como fue “pintada”).
Y sin embargo, para necedad y escándalo de los ateos, creemos (al menos los católicos) en un milagro el cual para los ojos y para cualquier instrumental científico no ocurre nada: la Eucaristía.
El asunto no es si "Dios sí" o "Dios no", entre ateos y creyentes. Si los ateos achacan a Dios la permisividad de accidentes, enfermedades, dolores y sufrimientos, no están argumentando la inexistencia de Dios, sino que reniegan de tal Dios. Si su argumentación fuera coherente, en relación al núcleo de su ateísmo, deberían renegar de la misma Materia, del mismo Cosmos, de la misma Naturaleza del planeta Tierra e, incluso, de su propia misma corporeidad.
Los creyentes pueden ofrecer una visión falsa o distorsionada de Dios. Pero el Dios que los ateos creen que creemos los creyentes no existe. Por tanto, difícilmente se puede llegar a buen puerto con un debate en el que metemos a Dios por medio.
Como en el Dios de los ateos nadie cree, los ateos intelectualmente honestos no buscarían los cinco pies al gato ni se detendrían en tantas consideraciones estériles y superfluas.



